La Solidaridad Jesús Sacerdote:

La SOLIDARIDAD es una de las dimensiones esenciales de Jesús Sacerdote, y por lo tanto de la Espiritualidad de la Cruz. Y ese es el origen y la razón última del Proyecto provincial de Solidaridad.

JESÚS SACERDOTE hace de la solidaridad y la misericordia el motor de su vida a través de la cercanía, la compasión, la acogida al pecador, la denuncia de la injusticia y la defensa de los pobres y marginados. La suya no es una solidaridad desde arriba, desde la seguridad del poder, sino “desde abajo”, desde la identificación con las víctimas. Por eso Jesús nunca es indiferente al sufrimiento humano.

EL SACERDOCIO DE JESÚS no se realiza en el Templo, mediante ofrendas de animales, víctimas y sacrificios en el altar consagrado a Dios. Su sacerdocio no es cultual sino existencial. Toda la vida de Jesús -contemplativa y solidaria- se convierte así en una ofrenda total al Padre y a los demás: generosa, incondicional, gratuita y radical. Esta ofrenda solidaria y compasiva se realizó a lo largo de toda su vida y llegó a su culmen en el sacrificio de la Cruz. Como dice la carta a los Hebreos, Jesús vio el culto como algo sospechoso y viciado, llegando a oponerse abiertamente al Templo con sus ritos y sus liturgias; e hizo suyo el imperativo profético de: “misericordia quiero y no sacrificio” (Mt 9,10-13; 12,1-3; 15,1-20). Él es sacerdote no por ser el hombre del culto, sino el hombre de la misericordia y la solidaridad que da su vida por los demás.

LA SOLIDARIDAD de Jesús, nacida de su pasión por el Reino, le llevó a desvivirse por los demás. En efecto, Jesús no vivió para sí sino para Dios y para los hombres. Por eso el servicio y la entrega son el motor del comportamiento de Jesús. Este dinamismo de vaciamiento total recorre toda la vida y la predicación de Jesús. Así, el final de la vida de Jesús no podía ser otro que la entrega total, la solidaridad definitiva: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”. Como dice la carta a los Hebreos, Jesús no sólo es sacerdote, sino también víctima y altar en su cuerpo entregado y su sangre derramada. Su fidelidad a Dios y su radical solidaridad con los hombres fueron desgastando poco a poco su existencia, fueron haciendo de su vida una vida sacrificada, hasta el punto de llegar al más grande sacrificio: la entrega de la propia vida “hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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