Francisco López Sedano MSpS,evangelizador incansable, combatiente aguerrido contra el enemigo, testigo encarnado de la Cruz”.

 

 

 

 

Nació el 9 de marzo de 1936 en Etzatlán, Jalisco.

 

Realizó su profesión de votos el 13 de agosto de 1939 y se ordenó el 21 de mayo de 1961.

Su último tiempo de servicio sacerdotal fue en la iglesia de la Santa Cruz del Pedregal, donde acompaño las comunidades del Apostolado de la Cruz, Tere Rojas, quien pertenece a una de ellas nos comparte:

 

Lo llamábamos con familiaridad padre Pancho. Su anhelo, nos lo dijo muchas veces, es que “tengan un encuentro personal con Cristo, vivo, glorioso y resucitado” y sin descanso se entregó a la evangelización y nos preparó para anunciar la Buena Nueva, nos enviaba a dar fruto.

 

La música lo acompañó siempre por las comunidades en las que estuvo, se gozaba en la Alabanza. Era un gusto cantar villancicos mientras él tocaba su acordeón o bien escucharlo tocar el piano.

 

El p. Pancho era un sacerdote que ejercía el ministerio del exorcismo con gran compromiso. No se negaba a atender a quien se lo pedía, sin importar la hora o su salud.  Sólo nos pedía apoyo con oración y decía que era ésta lo que lo sostenía. Cuándo le preguntamos si no le daba miedo decía “¿por qué?  Sí no voy solo, Jesús va conmigo”.

 

Una presencia hermosa que procuraba siempre era María Santísima, a ella se consagraba seguido y la tenía en imágenes por todos lados, en su cuarto, en su agenda, sus libros; le entusiasmaba cuando íbamos en comunidad, cada año a La Villa.

 

La beatificación de Conchita le causó alegría y emoción, dijo “creí que no viviría para ver a Conchita beatificada” pero se le concedió estar ahí en ese gran día. Estaba radiante.

 

No obstante que su salud se fue deteriorando, jamás se quejó. Cuidaba de no ser una carga, evitaba pedir algún favor y cuando así pasaba, lo agradecía cariñosa y reiteradamente; era muy prudente. Para mostrarnos la Espiritualidad de la Cruz no tenía que usar muchas palabras, porque simple y sencillamente, día a día tomaba su cruz con todo ánimo, y salía a atender sus grupos, a ejercer su sacerdocio ministerial, a ofrecer a Dios y a ofrecerse, sin reparo, ni medida.

 

Fue difícil aceptar su traslado a Casa Conchita, le decíamos que lo extrañábamos y nos contestaba: “ustedes extrañan a uno, yo a muchos”. Cuando el p. Pancho llegó a Puebla, su hermano el p. Juan Jo estaba ya muy enfermo; lo acompañó en sus últimos momentos; tiempo después reflexionaba “mi misión era acompañar a mi hermano a morir”.

 

Cuando yo lo visitaba en Casa Conchita, paseábamos por los jardines, platicábamos largos ratos bajo el sol, entre charla y charla contaba chistes, (tenía una gracia especial para hacerlo), cuando era posible salíamos a comer, me daba dirección espiritual y me confesaba. Para mí fue una noticia inesperada su regreso a la casa del Padre; para él no; la mañana del 24 de febrero dijo “es tiempo de irse” y se fue; con la paz y serenidad con la que vivió.

 

Cómo no agradecer cada momento compartido, son entrañables recuerdos que atesoro en mi corazón. Voy a extrañar cuando me animaba diciéndome “yo te echo porras”. Doy gracias infinitas a Dios, por haberlo conocido, por haber tenido un hombro en el cual recargarme, por llamarme a trabajar junto a él, por su amistad, por su cariño, por lo que impactó en mi vida y por ende en la de los que me rodean. Hoy en fe, creo que ya tengo dos papás esperándome en el cielo. 

 

Teresa Rojas Juárez (Apostolado de la Cruz – Parroquia Santa Cruz del Pedregal)